La Universidad china, por Julio Aramberri en “Revista de Libros”

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China, suele decirse, es un país paradójico.

Los críticos de su sistema educativo mantienen que los métodos pedagógicos vigentes favorecen un aprendizaje superficial y memorístico que atrofia la capacidad analítica de los estudiantes. La enseñanza, en todos los escalones educativos, se reduce a la repetición de convenciones de la sabiduría colectiva transmitidas por un profesorado cuyos argumentos se apoyan más en la autoridad moral que en su capacidad de convencer. En consecuencia, los opinantes proponen la necesidad de que el sistema educativo chino se abra al pensamiento crítico y forme estudiantes que no sientan temor a innovar y a emprender para optimizar el desempeño de la economía china.

Pero los críticos no ocupan todo el terreno y sufren a su vez el ataque contradictorio de los recríticos, que les censuran su incapacidad para explicar la llamada paradoja educativa china1, una etiqueta propuesta por John Biggs en un libro colectivo de 1996, muy elogioso para con los sistemas de aprendizaje de Asia Oriental: a saber, por qué tantos estudiantes chinos o japoneses o coreanos, formados todos ellos en una misma pedagogía neoconfuciana, obtienen excelentes resultados académicos en universidades de otros países que, supuestamente, priman el desarrollo individual y las actitudes críticas; o por qué alcanzan admirables resultados en las pruebas trienales del Programa Evaluador de Estudiantes Internacionales (PISA en su acrónimo inglés), que estima los resultados escolares en lectura, matemáticas y ciencias de una población de estudiantes de quince años en unos setenta países y los clasifica de acuerdo con sus resultados

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Rasputín por César Cervera en ABC Historia

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Grigori Yefimovich Novikh Rasputín probablemente no era un vicioso, ni tenía poderes adivinos o curativos como creía el Zar Nicolás II, pero aún así fue capaz de aguantar en pie las turbulencias políticas en la corte gracias a su instinto de supervivencia y la fascinación que provocaban sus extravagancias. Al menos hasta que rebasó la paciencia de la aristocracia rusa –desconfiada ante el poder que llegó a adquirir este monje siberiano– que planeó su asesinato en 1916.

La vida de Rasputín sigue estando repleta de vacíos y de exageraciones propagandísticas. Para unos fue un clarividente y curandero; para otros, un pecador. Nacido en Pokróvskoie (Siberia) en el seno de una familia de origen campesino, Rasputín era llamado así como palabra derivada de «rasputnyi» (disoluto, vicioso, promiscuo), puesto que hasta su conversión fue un joven embrutecido, licencioso, alcohólico y ocupado en la labor de robar caballos. En 1892, Rasputín dejó su aldea y a su familia, incluida a su jovencísima esposa, para iniciar una nueva existencia como «staretzs» (trotamundos mendicantes). Este viaje por Rusia le llevó a entrar en contacto con una secta cristiana condenada por la Iglesia Ortodoxa conocida como «jlystý» (flagelantes), quienes creían que para llegar a la fe verdadera era necesario el dolor. Las orgías y el sadismo se intercalaban en las reuniones de este grupo. Finalmente, otro monje, el Hermano Macario, devolvió al siberiano al buen camino y le obligó a renunciar a la bebida.

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Antonio Miguel Bernal, la Historia de Andalucía y yo

Está recién salido de la editorial y a la venta al público el libro Andalucía-España-Las Indias, una publicación de homenaje al profesor Antonio Miguel Bernal con motivo de su jubilación. Recoge cerca veintiocho estudios  de otros tantos historiadores españoles relacionados con las principales áreas temáticas abordadas por el profesor Bernal en su larga trayectoria investigadora.

Antonio Miguel Bernal se jubiló el 30 de septiembre de 2011 como catedrático de Historia e Instituciones Económicas de la Universidad de Sevilla, al cumplir la edad reglamentaria, habiendo recibido también este mismo año el premio de la Asociación Española de Historia Económica a la Trayectoria Académica.

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Los reconocimientos que se le han hecho no pueden ser más merecidos. En mi caso concreto, aunque no fui alumno suyo, ni llegué a  compartir con él ningún proyecto de investigación, he de decir que algunas de sus publicaciones han sido determinantes en la orientación de mi modesta carrera de profesor universitario y de investigador. En definitiva, lo reconozco –junto a José Álvarez Junco-  como uno de mis “maestros” aunque fuera “a distancia” Todavía hoy recuerdo,  como si fuera ayer, el impacto intelectual que me causó la aparición en el año 1979, de su libro La lucha por la tierra en la crisis del Antiguo Régimen, probablemente la publicación  que más veces he leído y releído en mi vida y al que todavía hoy –sin que ningún colega se moleste- considero el mejor trabajo publicado en los últimos cincuenta años sobre la Historia Contemporánea de Andalucía. Después vino la Historia de Andalucía en ocho tomos, donde su labor es más que visible, la Economía e Historia de los latifundios y otros libros que culminarían en el año 2005 con la publicación de España, proyecto inacabado, que al año siguiente ganaría el Premio Nacional de Historia.

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A partir de 1988,  cuando ya me incorporé a la vida universitaria, he tenido la ocasión de coincidir con él en tribunales de tesis doctorales, en jornadas académicas, de invitarlo a algunos de los congresos que he organizado y siempre me llamó la atención su brillantez con conferenciante  y el rigor científico con el que abordaba las cuestiones históricas que planteaba. Por esta razón, que hace unos diez años Antonio me llamara para pedirme que colaborara con él en la reedición que estaba preparando de la agotada Historia de Andalucía,  ha sido una de las más íntimas satisfacciones intelectuales que he tenido en mi vida.

Una biografia Antonio Miguel Bernal aquí

Sus publicaciones en la página de Dialnet, aquí

Antonio Baños, el hombre clave de Cataluña

Nos conocimos en la Barcelona del fin de milenio, la de las últimas pesetas. Yo aún era estudiante y sólo bebía cerveza. Antonio Baños Boncompain (1967) trabajaba en la revista libertaria Ajoblanco. Esta ciudad es pequeña, sobre todo si eres freelance. Fuimos coincidiendo en un medio y otro, y nos acostumbramos a la inestabilidad laboral, soportable si no tienes a quien alimentar y eres firme en lo importante.

Hemos quedado en la parada de Fabra i Puig. Los coches pasan por la Meridiana, donde él veía salir el sol desde su ventana cuando escribía La economía no existe y Posteconomía (Libros del Lince), y entendía que tocaba irse a dormir. Unos chicos le piden una selfie. Son de Bilbao, llevan una botella en una bolsa de plástico y la dejan en el suelo. “¡No os olvidéis el Aquarius!”, les dirá cuando se vayan. “Aquarius, dice”, se reirán, y le invitarán a ver un partido.

Mientras bajamos hacia Sant Andreu –hay esteladas en los balcones–, la gente le saluda y un padre de familia le grita: “Endavant les atxes!”. Le digo a Baños que se ha convertido en Chanquete. Responde que la mitad de las selfies en las que sale acabarán borradas y negadas, como si nunca hubieran existido. Esa ironía con la que observa la realidad, a la distancia adecuada y sin perderla de vista, también se la aplica a sí mismo. Por eso, en plena era del superego, da la impresión de que no se tome nada demasiado en serio. La ironía se malinterpreta como frivolidad, pero es un arma socrática, dice, igual que la ma­yéutica, que combate al enemigo haciéndole preguntas y llega al conocimiento cuestionándolo: “Se confunde la gravedad con la profundidad, cuando los espacios de banalidad son imprescindibles; seguro que Lenin se metía con el bigote de Stalin”. Hemos entrado en el clásico Versalles, ahora renovado, y pedimos un par de cañas y unas alitas de pollo. Pregunta si están rebozadas. En abril descubrió que es intolerante a la harina, los huevos y la lactosa. Que lo es al sistema capitalista lo sabía de antes.

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El “angloaburrido”, por Antonio Muñoz Molina

“Todo se olvida muy rápido entre nosotros, así que ya no habrá muchos que recuerden la época en la que se puso de moda, en ciertos ámbitos poco ventilados de la cultura literaria española, el término insultante y genérico de “angloaburridos”. Es probable que su inventor fuera Francisco Umbral, que lo usó mucho, pero también lo hizo suyo Camilo José Cela, y con él la cohorte numerosa de columnistas que le daban coba. Angloaburridos eran, o éramos, los escritores jóvenes que en vez de seguir el ejemplo tremendista, quevedesco y castizo de la prosa del premio Nobel, el tronco rancio de lo implacablemente español, imitábamos a escritores…”

Excelente artículo. Leer el resto en el “Babelia” de “El País” de hoy

Un libro del siglo XX

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Uno de los mejores libros sobre la historia de Europa del siglo XX

El mundo de ayer es uno de los más conmovedores y atractivos testimonios de nuestro pasado reciente, escrito además con mano maestra por un europeo empapado de civilización y nostalgia por un mundo, el suyo, que se iba desintegrando a pasos agigantados. Escritor extraordinariamente popular y testigo de excepción de los cambios que convulsionaron la Europa del siglo XX entre las dos guerras mundiales, Zweig recuerda, desposeído y en tierra extraña—en unas circunstancias personales de insospechado dramatismo—, los momentos fundamentales de su vida, paralela en mucho a la desmembración de aquella Europa central que se quería más libre y segura, al abrigo de la locura y la tormenta. El resultado es un libro capital, uno de los mejores de Zweig y referencia inexcusable para entender los desvaríos de un siglo devastador