Un libro importante para la Historia de Andalucía

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“La causa última del atraso es nuestro propio modelo de capitalismo”. Así de contundente se muestra el historiador Carlos Arenas Posadas en las primeras páginas de introducción de este ensayo documentado que aborda las características de la sociedad y la economía andaluzas a lo largo de la historia.

Se trata de un amplio trabajo que abarca desde la Baja Edad Media hasta la primera década del siglo XXI desde un punto de vista novedoso ya que sigue la pista a la existencia en Andalucía de una modalidad de capitalismo repleta de privilegios. La obra de Carlos Arenas analiza, describe y demuestra la dependencia con respecto a las directrices del capitalismo nacional o global y la dependencia del capitalismo autóctono.

Según el autor, las claves del capitalismo andaluz hunden sus raíces en el Antiguo Régimen y llegan casi intactas hasta los años cincuenta o sesenta del siglo XX, cuando la emigración masiva de jornaleros y pequeños campesinos obliga a la refundación parcial de sus fundamentos estructurales. Y esa persistencia institucional ha sido una de las razones que explican los problemas estructurales que aún padece la región.

Una de las conclusiones de esta obra imprescindible para conocer la historia económica y social de Andalucía, es que considera un elemento secundario la mayor o menor modernización técnica a la hora de valorar los avances de la economía andaluza. En opinión de su autor, han sido “la mala calidad y la escasa modernización de las instituciones, las relaciones sociales jerárquicas y la pobre calidad de la democracia –cuando la ha habido- lo que ha conducido históricamente a Andalucía a un desarrollo alicortado y al atraso relativo con respecto a otras regiones”.

Arenas destaca la existencia de un capitalismo construido por y para minorías que han acaparado recursos tangibles e intangibles, como el poder, que han debido estar disponibles para toda la sociedad. Desde el señorío a la gran banca pasando por las oligarquías terratenientes y mercantiles o las multinacionales, unas determinadas familias y corporaciones que han condicionado el destino de los andaluces durante siglos aparecen a lo largo de los quince capítulos que componen esta obra.

Más información sobre el autor del libro y el índice del mismo, aquí

 

Uno de los mejores libros de historia del 2015

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Nikolaus Wachsmann ofrece en esta obra histórica de referencia una crónica equilibrada, completa y sin precedentes de los campos de concentración nazis, desde sus comienzos en 1933 hasta su extinción —hace setenta años— en la primavera de 1945. Sobre el Tercer Reich se ha investigado más a fondo que sobre casi cualquier otro período de la historia y, sin embargo, no ha existido hasta ahora ningún estudio del sistema de campos de concentración que revisara exhaustivamente su prolongada evolución, la experiencia cotidiana de quienes vivieron en ellos —tanto verdugos como víctimas— ni la de todos aquellos que estuvieron en lo que Primo Levi denominó «la zona gris».
Esta  obra no es solo la síntesis de una nueva generación de investigaciones académicas —la mayoría sin traducir y desconocida fuera de Alemania—, sino que además saca a la luz sorprendentes revelaciones sobre el funcionamiento y el alcance del sistema de los campos de concentración, descubiertas tras años de estudio en los archivos. Este minucioso repaso de la vida y la muerte dentro de estos recintos, donde Wachsmann asume una perspectiva más amplia y muestra las diversas formas que fue adoptando aquel sistema a tenor de los cambios acaecidos en las esferas política, legal, social, económica y militar, nos permite contemplar un retrato unitario del régimen nazi y sus campos, inédito hasta hoy.

Leer aquí el índice y el comienzo del libro

El triunfo del fracaso, de Ignacio Martínez de Pisón en La Vanguardia

 

NERUDA-636x310-520x253Una tarde de otoño de 1967, en el curso de un festival de poesía que se celebraba en Londres, los participantes fueron invi­tados a una fiesta en un barco atracado en el Támesis. La estrella era Pablo Neruda, que en un momento dado se fue a un rincón y pegó la oreja a una radio. Estaba ­esperando noticias de Estocolmo. Y lle­garon noticias, pero no las que a él le habrían gustado: el premio Nobel que aspiraba a recibir se lo acababan de dar al guate­malteco Miguel Ángel Asturias, lo que quería decir que la cuota latinoamericana estaba cubierta para una temporada. El disgusto de Neruda fue tan grande que, aunque todos hicieron lo posible por consolarle, acabó sufriendo un desmayo y hubo que llamar a un médico de urgencias.

La anécdota la cuenta Hans Magnus Enzensberger en Tumulto, sus recién publicadas memorias po­líticas. No parece que Enzensberger, que tradujo al alemán varios poemas de Neruda, sienta mucha simpatía por el poeta chileno. En otro capítulo del libro lo presenta como un in­vitado de honor de las autoridades soviéticas que agasajaba a periodistas y admiradores a cuenta de sus anfitriones. Comenta Enzensberger que Neruda “actuaba como si fuera Lord Byron, si bien este ­célebre antecesor suyo seguramente pagaba sus ­facturas de su propio bolsillo”.

Tampoco a mí Neruda me resulta particularmente simpático. Su apego a los poderosos, sus celos hacia todo poeta que pudiera hacerle sombra (como César Vallejo), la solemnidad sacerdotal con que declamaba y, en general, su irreprimible tendencia a la fatuidad componen una figura muy alejada de la que se ofrecía de él en aquella cursi película llamada El cartero y Pablo Neruda. Y, sin embargo, el primer libro de poesía que compré fue suyo. El gran poeta del amor, que había muerto poco antes, se despedía del mundo con un poemario que no ocultaba su condición de panfleto: el libro se titulaba nada menos que Incitación al nixonicidio y alabanza de la revolución chilena.

Ahora pienso que comprar ese libro tenía menos que ver con Nixon que con el martirio de Salvador Allende y con el fracaso de lo que Neruda llamó “revolución chilena”. El propio poeta, que finalmente había obtenido el premio Nobel, murió muy poco después del sangriento golpe de Pinochet. Para un adolescente de la época, comprar ese libro era algo más que comprar un puñado de poemas: era poseer un minúsculo pedazo de ese mito del que formaban parte el sufrimiento de Allende y el de Neruda y el de todos los chilenos inmediatamente convertidos en víctimas de la represión. Cuando aquí agonizaba una dictadura, la naciente dictadura de allí colocaba la cultura chilena en el centro exacto de nuestras inquietudes. Los poemas póstumos de Neruda compartían espacio en nuestros corazones con las canciones de Víctor Jara (otra víctima del pinochetismo), y la eterna disputa entre ser fan de los Beatles o los Rolling Stones era momentáneamente sustituida por un debate muy chileno: había que elegir entre Inti-Illimani y Quilapayún.

El libro de Enzensberger habla de las dificultades de los intelectuales para mantener la independencia de criterio durante los años de la guerra fría. Los países de la órbita soviética disponían de eficaces mecanismos de captación para conquistar adhesiones entre los escritores occidentales de izquierdas. Te agasajaban con ofertas e invitaciones, y lo más cómodo (y con frecuencia lo más prestigioso) era aplicar diferentes raseros, que te permitían minimizar las contradicciones del bloque comunista y magnificar las del capitalista. Había que tener un espíritu crítico muy desarrollado para no ser engullido por la propaganda y acabar convertido en un propagandista más.

Enzensberger, por suerte, siempre ha tenido ese espíritu crítico, y la reiterada constatación del deterioro de los ideales revolucionarios ha acabado haciendo de él un escéptico. Obsérvese la paradoja: como los experimentos revolucionarios que triunfaron (la URSS, China, Cuba) dieron lugar a atroces engendros, sólo los que fracasaron pueden todavía concitar nuestras simpatías. El éxito de una revolución es su fracaso, y sólo el fracaso la eleva a la categoría de mito: el Chile de Allende sigue siendo un mito por mucho que su cantor póstumo fuera un engreído.

También las colectividades anarquistas de la Guerra Civil fracasaron, y también su mito pervive. A él, hace más de cuarenta años, dedicó Enzensberger uno de sus mejores libros, El corto verano de la anarquía, para el que contó con la ayuda del principal biógrafo de Durruti, Diego Camacho, almeriense recriado en Barcelona que firmaba sus libros como Abel Paz. Anarquista precoz, Abel Paz pasó la mitad de su vida exiliado en Francia y sólo tras la muerte de Franco volvió a Barcelona. Enzensberger, que en Tumulto le rinde un pequeño homenaje, le recuerda trabajando mañana y tarde en un taller de Choisy-le-Roi y escribiendo por la noche su libro sobre Durruti. Está claro que para Abel Paz, que siguió siendo anarquista hasta su muerte en el 2009, su revolución nunca sufrió la degradación que sufrieron otras.

La Revolución Francesa y las emociones

Portada Tackett

Hace ya más de un siglo, el político republicano e historiador Francisco Pi y Margall escribió sobre la Revolución Francesa  que,  “conmovió al mundo de tal modo (…) que casi no es posible comenzar la historia de pueblo alguno de Europa en el siglo XIX sin hacer referencia a aquel acontecimiento, el más grande, sin duda, de los de la época moderna”[1]. Como comparto plenamente esta opinión,  siempre he procurado estar al día de las novedades historiográficas más relevantes que ha generado este acontecimiento primigenio  de la Historia Contemporánea y conocer así las últimas tendencias investigadoras que tanto en la “academia” francesa como en la anglosajona han marcado las investigaciones sobre el mismo. De esta última precisamente procede un libro recién traducido al castellano y publicado en España por Ediciones del Pasado y del Presente. Se trata de El terror en la Revolución Francesa de Timothy Tackett (Barcelona, 2015).

En 1989, con motivo de la celebración del Bicentenario de la Revolución, Claude Mazauric sostuvo que,  “la interpretación del Terror, su condena y su justificación (habían) dado lugar a intensas polémicas que tienen como punto de partida la división de Francia durante la crisis revolucionaria y que se han prolongado después, en el debate, sobre el alcance de la guerra patriótica y sobre el sentido de la Revolución”. Pues bien, acabo de leer el libro de Tackett y creo que lo que en él se cuenta constituye una aportación de primer nivel para comprender estos meses revolucionarios. En primer lugar, por el tipo de fuentes que sirven de base a su relato. Lejos de insistir en las biografías de los líderes revolucionarios como Danton, Marat o Robespierre y en documentos más o menos públicos ya conocidos, al explicar la emergencia de este clima de violencia y terror, Tackett recurre a cartas privadas y diarios escritos por testigos oculares de los hechos para destacar las experiencias vividas  de los ciudadanos corrientes. De este modo, nos describe la revolución a través de las observaciones personales de decenas de hombres y mujeres, destacando por encima todos, lo que dejaron escrito tres personajes: Nicolás Ruault, un editor y librero parisino, Rosalie Jullien, la esposa de un revolucionario francés y Adrien-Joseph Colson, un administrador de bienes de una familia noble.

En segundo lugar, este historiador destaca que las ejecuciones del Terror no fueron el resultado de  una violencia planificada de antemano, sino la consecuencia del temor provocado por la conjunción de distintos factores: las conspiraciones contrarrevolucionarias, la amenaza en las fronteras de los ejércitos austriacos y prusianos, los levantamientos federalistas y campesinos de las provincias y, sobre todo, de la aparición de una cultura de la desconfianza entre los propios revolucionarios, creada por los rumores que periódicamente circulaban por las calles de París, fomentando el pánico, la ansiedad y el miedo,  hasta terminar enfrentando a unos revolucionarios contra otros. En este sentido, llama la atención en la lectura del libro, las tremendas descalificaciones y acusaciones políticas que se cruzan girondinos y jacobinos, como por ejemplo la que hizo un diputado de los primeros en la Convención, en octubre de 1792: “sólo existen dos partidos en Francia: el primero (el de los girondinos) está formado por filósofos; el segundo (los jacobinos) por ladrones, asaltantes y asesinos” (p. 272). O las reclamaciones de los campesinos de la Vendée ante la política anticatólica de los gobernantes de la capital: “¡Que nos devuelvan a nuestros sacerdotes! Somos libres” (p. 305).

En realidad, este libro cuenta mucho más de lo que dice su título. Del “terror” sólo trata en sus dos últimos capítulos, porque lo que hace es una historia de los acontecimientos a partir del primer momento de la revolución, desde la convocatoria y la reunión de los Estados Generales en la primavera-verano de 1789,  para ir analizando a través de los testimonios que va dejando la  “gente corriente” cómo se fue descendiendo a la espiral de violencia y terror que marcó el gobierno de los jacobinos. Una nueva historia de la Revolución Francesa pues,  vista desde la subjetividad de las emociones.

[1] Historia de España en el siglo XIX, Barcelona, 1902, tomo I, p. 1.

Una posible explicación del procès catalán

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LA MENTALIDAD UTÓPICA Y EL INDEPENDENTISMO CATALÁN

¿Por qué lo hacen si nos parece disparatado?. En un artículo que publicó hace ya más de veinte años sobre el carácter de la acción sindical y política del anarcosindicalismo español, José Manuel Macarro no dudaba en apropiarse intelectualmente del concepto de “mentalidad  utópica” creado por el sociólogo alemán Karl Mannheim. Intentaba así explicar   las acciones radicales  de las élites anarquistas que controlaron la CNT en la Segunda República y que la lanzaban  una y otra vez  a movimientos huelguísticos y de otro tipo que terminaban en sonoros fracaso.

Consideraba este historiador sevillano que la aparente explicación que tenía este tipo de conductas se debía a que los dirigentes “faístas” y cenetistas estaban instalados en esa mentalidad utópica ya citada,  en la que el conocimiento de los hechos  se ve sustituido por una valoración moral de los mismos –normalmente de condena y rechazo-, de manera que el pensamiento lejos de preocuparse de hacer una diagnosis certera de la situación,  establece una estrategia de acción que vuelve la espalda a todo lo que contradiga sus deseos de transformar la realidad.  De esta manera, se convocaban huelgas revolucionarias que ignoraban la fuerza coactiva que tenían los aparatos de seguridad del Estado y que terminaban siendo aplastadas sin contemplaciones con un lamentable saldo de muertos, heridos y detenidos, se mantenían conflictos aún en contra de la decisión de los propios obreros o se aprobaban resoluciones en las que se recogía, por poner un ejemplo,   que el único remedio que tenía el paro era hacer la revolución.

Esta mentalidad no era privativa de los dirigentes de la CNT, también pareció afectar al sector largocaballerista del PSOE, las Juventudes Socialistas y la UGT cuando se colocó al frente una huelga general para protestar contra la entrada de la CEDA en el Gobierno,  a principios de octubre de 1934. Una acción que también terminó –por el mismo motivo que las huelgas anarquistas- en otro sonoro fracaso, salvo en Asturias, donde Franco tuvo la oportunidad de practicar esa brutal represión sobre los trabajadores que tan bien le vino de experiencia dos años después. Pues bien, parece como si en todos estos últimos meses  el independentismo catalán con Mas al frente  se hubiera  instalado en esa mentalidad utópica,  lanzando  una propuesta de ruptura contra el resto del país,  como si el Estado español fuera a permanecer impasible y careciera de medios para impedirlo. No ha faltado en los momentos previos a la declaración de independencia por el Parlamento catalán el discurso moral con el que se pretende argumentar esta decisión. Desde el ya conocido “slogan” de “España nos roba”, al congreso de historiadores de “España contra Cataluña” o las sorprendentes declaraciones de la actual presidenta del Parlamento catalán,  donde planteaba la independencia como un medio de liberación del sistema esclavista al que estaba sometido el pueblo catalán por España. Desgraciadamente para todos, y como ya ocurrió en los años treinta, si se produce la confrontación no creo que sea el Estado español el que pierda el desafío, pero habrá frustración y harán falta políticos de categoría para reconducir la situación. Es verdad que la derecha mediática y política ha fomentado los agravios contra Cataluña, pero la conducta de las élites independentistas instaladas en esa mentalidad utópica no ha sido menos irresponsable, abriendo un camino de resultados inciertos para la convivencia de las dos comunidades –la catalanista y la españolista-,   porque con parecido apoyo popular tienen que verse todos los días las caras en los mismos pueblos y ciudades donde residen. Diego Caro.