SE TRADUCE UN GRAN LIBRO DE HISTORIA

El Imperio del algodón

El imperio del algodón: el rostro oculto de la civilización industrial

La historia de la formación del capitalismo moderno a través de la historia del algodón.Nos educaron en una visión de la historia que presentaba el auge de la civilización industrial como una de las cimas del progreso humano; el algodón, la industria más importante del mundo hasta 1900, tenía un papel dominante en esta epop eya del capitalismo. Sven Beckert, profesor de historia de la Universidad de Harvard, nos muestra ahora la cara oculta de este proceso y denuncia cómo este auge se asentó en una explotación inhumana de los esclavos en las plantaciones, lo que impulsó la expansión del dominio imperial del mundo, y de los trabajadores en las fábricas. Beckert, nos dice Thomas Bender, ha culminado una obra extraordinaria, investigando en los archivos de todos los continentes para construir un relato que nos llega con una prosa fascinante y unos argumentos claros y convincentes. Daniel Walker Howe, profesor emérito de la universidades de Oxford y de California, afirma: «Este libro debería ser apasionadamente leído, no solo por los especialistas y los estudiantes, sino por el público lector inteligente».

Un comentario más extenso del libro en el blog “Clionauta”, pinchando aquí

Santiago Carrillo y Paracuellos. Un nuevo relato

Carrillo-JSU

Cuando vamos a conmemorar los ochenta años del comienzo de la Guerra Civil Española, todavía hay temas que permanecen abiertos y sobre los que de vez en cuando aparecen nuevos trabajos, en unos casos para reforzar planteamientos que ya conocíamos y en otros para aportar enfoques renovadores sobre los hechos que son  objeto del análisis. Uno de los aspectos sobre el que más se  ha investigado en las dos últimas décadas ha sido el de la represión en las dos retaguardias. Es verdad que por razones que no necesitan mucha explicación donde más se ha avanzado ha sido en los crímenes de la zona nacionalista, con novedades verdaderamente notables, por ejemplo,  en la cuantificación de las víctimas, la aplicación de las leyes represivas o los ejercicios de microhistoria, donde el espacio local se muestra como el más idóneo para el historiador. No obstante, también se están publicando nuevos relatos sobre la represión en la retaguardia republicana, en los que, especialmente,  las matanzas de Paracuellos ocupan un lugar estelar. Una cuestión ésta que volvió a ponerse de actualidad con motivo del fallecimiento de Santiago Carrillo el 18 de septiembre de 2012, por  las distintas necrológicas que se le hicieron, recordando su cargo como consejero de Orden Público en la Junta de Defensa de Madrid cuando se produjeron los asesinatos,  en los meses de noviembre y principios de diciembre de 1936.

Tres días después de este deceso, cuatro de los más relevantes historiadores de nuestra Guerra Civil –Ángel Viñas, Fernando Hernández, José Luis Ledesma y Paul Preston- firmaban un artículo en El País en el que pretendían demontar el “canon franquista” que utilizaba la historiografía revisionista para explicar esta matanza de presos “derechistas” aportando los resultados más relevantes de sus investigaciones individuales. En síntesis, lo que venían a decir era que el Madrid sitiado por las columnas franquistas tenía en sus cárceles a centenares de civiles y militares dispuestos a unirse a los rebeldes (la Quinta Columna que dijo Mola). Ante esta situación, fueron los agentes soviéticos,  asentados en Madrid como asesores del gobierno republicano,  los que plantearon la necesidad de liquidar a estos enemigos, siguiendo la práctica habitual de la guerra civil que años antes habían librado en Rusia los bolcheviques contra los rusos “blancos”. La ejecución de la operación se hizo a través del aparato del Partido Comunista contando con la colaboración de las milicias anarquistas. Por último, una vez más,  estos cuatro historiadores denunciaban cómo la historiografía conservadora utilizaba el tema de Paracuellos para ocultar la represión franquista que fue mucho más sangrienta y duradera.

Pues bien, frente a este relato, a finales del año pasado se publicó un libro del hispanista británico Julius Ruiz, titulado Paracuellos. Una verdad incómoda, en el que desarrolla más extensamente algunas de las tesis que sostuvo en su anterior trabajo, El terror rojo, aparecido en el año 2012.

Este profesor de Historia de Europa en la Universidad de Edimburgo cuestiona de forma radical lo que los cuatro historiadores antes citados habían defendido en sus distintas publicaciones y en el artículo de El País. Julius Ruiz rechaza lo que llamaríamos el “vector soviético” en la responsabilidad de los asesinatos. Según él, fue una responsabilidad estricta de los españoles y más concretamente de un llamado Comité Provincial de Investigación Pública (CPIP) que se creó a principios de agosto de 1936, es decir, en las primeras semanas de la guerra, por iniciativa de Manuel Muñoz Martínez, el diputado republicano de Cádiz recién nombrado Director General de Seguridad (p. 133). Fue este CPIP el que organizó la evacuación y el asesinato de los presos derechistas. Unas “sacas” que no comenzaron a principios de noviembre, cuando Santiago Carrillo asumió la Consejería de Orden Público, sino en la noche del 28 al 29 de octubre con el conocimiento del entonces ministro de la Gobernación, el socialista Ángel Galarza y el citado Muñoz Martínez.

A partir de aquí, el historiador británico hace un relato de cómo se prepararon y ejecutaron los crímenes, en el que desfilan tanto héroes como villanos. Entre los primeros, el anarquista Melchor Rodríguez, el llamado “Ángel Rojo”, que desde su cargo provisional de inspector general del Cuerpo de Prisiones hizo todo lo que pudo y más por evitar las “sacas” de los presos. También habría que citar en este bando a Manuel de Irujo el ministro de PNV que se negó a esconder lo que ocurría, reclamando una investigación que aclarara los hechos. Enfrente habría que citar al también anarquista Juan García Oliver, ministro de Justicia,  que justificó los crímenes con el argumento de que había que hacer una “guerra cruel” o la diputada Margarita Nelken que taparía lo que estaba ocurriendo a una misión diplomática inglesa que acudió a Madrid, aprovechando su papel de traductora. Julius Ruiz  exculpa a Carrillo de haber dirigido los asesinatos, como ha sostenido la extrema derecha historiográfica,  pero lo considera un cooperador necesario en la organización de los mismos. Estamos pues ante un libro documentado y solvente, pero del que discrepamos en algunos aspectos. En primer lugar, en la excesiva credibilidad que a veces le da a los testimonios recogida en la “Causa General” franquista, una documentación sostenida parcialmente  en interrogatorios y torturas a personas que colaboraron con el gobierno legítimo de la República y que se jugaban  en sus declaraciones una condena a muerte o largos años de cárcel. En segundo lugar, creemos que minusvalora el papel que desempeñaban los asesores soviéticos y de la Internacional Comunista cerca de los dirigentes republicanos, sobre todo, cuando estudios tan solventes sobre el Partido Comunista en la Guerra como los realizados por Antonio Elorza y Marta Bizcarrondo, Fernando Hernández o Frank Schauff, por citar sólo algunos, demuestran todo lo contrario. Finalmente, no creemos que el Gobierno republicano como tal fuera cómplice de los asesinatos, como se dice en la página 370 sobre todo porque asentado en Valencia tenía otras prioridades,  como por ejemplo  reconstruir las estructuras militares de un Estado que se habían venido abajo en las primeras semanas del conflicto y con media España ya  ocupada por los rebeldes. Otra cosa fue el papel desempeñado por algunos ministros concretos, totalmente desarbolados por unas milicias y grupos armados que aprovecharon el contexto de un Madrid sitiado para actuar sin ningún tipo de poder que los pudiera someter en sus actuaciones, en algunos casos rozando el pillaje y la delincuencia común.

Julius Ruiz, Paracuellos. Una verdad incómoda, Madrid, Espasa, 2015.

BASES “SANAS” Y MALOS DIRIGENTES EN EL PSOE. ESTO ME SUENA

Pablo Iglesias Turrión

Desde que el pasado viernes 22 de enero Pablo Iglesias presentara su “medio Gobierno” de coalición con los socialistas, distintos dirigentes de Podemos han venido insistiendo en sus consejos al PSOE para hacer cuanto antes un pacto político que desaloje al Partido Popular del Poder. En sus argumentos una y otra vez insisten en las bondades de este acuerdo y en la posición favorable que las “bases socialistas” tienen hacia el mismo frente a una “dirigencia” más conservadora que en el fondo a lo que verdaderamente aspira es un acuerdo con el PP y Ciudadanos para seguir perpetuando los privilegios y prebendas de una “casta” oligárquica, que por cierto ya no se menciona. Hoy mismo, uno de febrero, Pablo Iglesias ha dado una rueda de prensa, después de su entrevista con Felipe VI y ha vuelto a insistir en lo mismo: “las bases socialistas no quieren ver a su formación como parte del búnker  y sí como parte del cambio” (El País, edición digital).

Los que modestamente nos dedicamos a investigar en la Historia,  a veces,  en la lectura o la audición de las noticias  del presente encontramos inmediatos recuerdos de visiones o ecos de acontecimientos pasados. Es lo que me está ocurriendo estos días como el reiterado argumento de unas bases socialistas “puras” y unos dirigentes “traidores” a las mismas,  poco proclives a un acuerdo de izquierda como el que exigen los dirigentes de Podemos. He empezado a recordar ahora viejas lecturas que en otros momentos he hecho de la prensa comunista de la Segunda República y en general de los años treinta,  antes de que aparecieran los Frentes Populares en 1935. He repasado algunas fotocopias que conservo del “Mundo Obrero” de aquellos años y –efectivamente- en ellos he vuelto a ver el mismo discurso que ahora nos hacen los líderes de Podemos. De esta manera, leo en el “Mundo Obrero” del 5 de diciembre de 1932: “Los jefes socialistas contra las masas”, mientras que en otros números de este mismo periódico una y otra vez los dirigentes del PSOE o sus ministros en el Gobierno de Azaña  eran calificados rotundamente de “socialfascistas” y otros adjetivos similares. En el caso concreto de la provincia de Cádiz, además, dada la hegemonía que la CNT tenía en el movimiento obrero, esta dicotomía se trasladaba al sindicato anarquista y en un periódico que el PCE provincial editó a principios de 1933 se ponían titulares como los siguientes: “contra la catastrófica táctica sindical de los dirigentes de la CNT”, “contra los malos jefes anarquistas”,  o se pedía: “¡Abrid los ojos, trabajadores!”, para reclamarles a continuación que se dieran de baja en los partidos de la contrarrevolución”, uno de los cuales era por supuesto el Partido Socialista (El Proletario, 7 de enero de 1933).

En este sentido, los dirigentes comunistas españoles se limitaban a poner en práctica los acuerdos adoptados en el VI Congreso de la Internacional Comunista celebrado en 1928, que se resumían en el discurso de “clase contra clase” y la construcción del “frente único” por la base. En síntesis, el Partido Comunista se presentaba como el único partido que defendía los intereses del proletariado, mientras que las restantes organizaciones obreras –partidos y sindicatos- estaban en manos de unas élites dirigentes “traidoras” que debían ser desenmascaradas ante sus bases para hacer realidad el frente único revolucionario que reuniría a todo el movimiento obrero concienciado. Una estrategia que provocó una tremenda confrontación entre los partidos socialistas o socialdemócratas y los comunistas de los principales países europeos, que no trajo nada bueno para los trabajadores y que la propia Internacional Comunista corrigió en su siguiente congreso de 1935 al defender –frente al fascismo- los Frentes Populares, uniendo a socialistas, comunistas y los partidos burgueses de izquierda.

Me llamaba la atención el otro día Felipe González cuando definía la conducta de los dirigentes del Podemos como de moderno “leninismo 3.0”. Sin embargo, yo creo que en este tema que comentamos,  los planteamientos que hacen  recuerdan más a las décadas veinte y treinta, pero del siglo pasado.