El “síndrome de Estocolmo” en la biografía histórica

Los generales

Fue a raíz de un atraco a un banco sueco,  en el mes de agosto de 1973,  cuando la moderna psiquiatría acuñó la expresión “síndrome de Estocolmo”  para definir un concreto estado psicológico en el que la víctima de un secuestro, o persona detenida contra su propia voluntad, desarrolla una relación de complicidad o de simpatía con su secuestrador.

Siempre me acuerdo de él cuando leo un libro de biografía histórica porque es más frecuente de lo que cabría desear que el autor de la misma no escape de la atracción que le despierta el personaje que estudia, confundiendo el análisis o la explicación de su acciones con la justificación de las mismas, a veces empleando los argumentos más alambicados, incluso contrariando burdamente los datos objetivos que las fuentes documentales le ofrecen. Y me he encontrado esta situación leyendo tanto la biografía de un personaje relevante de la política contemporánea española o mundial,  como en las que a veces se publican de modestos militantes obreros o políticos de un “segundo nivel” que apenas sobrepasa su ámbito provincial o local. Ahora mismo, por ejemplo, estoy leyendo una de estas biografías,  de un personaje al que su autor presenta como el más importante de la historia de la ciudad donde residió y resulta que cuando concurre por primera vez a las elecciones, en 1933,  saca entre sus vecinos poco más de dos por ciento de los votos emitidos. No obstante, donde el citado “síndrome” queda más en evidencia es cuando en un mismo libro varios autores presentan las biografías de personajes cuyas vidas se entrecruzan porque compartieron los mismos hechos históricos y se puede comparar el tratamiento que cada uno le da a los mismos y al papel que su biografiado tiene en ellos. Es entonces cuando el “síndrome” no necesita psiquiatra que lo diagnostique porque el contraste es escandaloso y se percibe nada más repasar los primeros renglones de los biografías en cuestión. Me ha ocurrido al leer con un gran interés el libro Los generales de Isabel II, recién publicado, en el que escriben cinco historiadores. La obra no puede tener más aliciente, porque presenta las biografías de los cuatro principales espadones del monarquía isabelina, es decir, las de Narváez, Espartero, Serrano y O´Donnell, los que en palabras de un testigo de la época –dichas en 1858- convirtieron en la práctica a este régimen en “una confederación militar” en la que estos generales eran en “los verdaderos reyezuelos de España” porque al frente del Ejército no sólo imponían su ley en la propia península, sino también en las posesiones de Ultramar. Pues bien, mientras que la biografía del general O´Donnell hecha por Francesc-Andreu Martínez Gallego, pone en evidencia el profundo conocimiento que su autor tiene del personaje y de su época, por otra parte, ya mostrado en anteriores trabajos, y no duda en describirnos los aspectos más sórdidos de su gestión, como, por ejemplo,  su implicación en el tráfico negrero y esclavista en Cuba, la que se  hace del general Serrano es bien distinta. No encontraremos ningún aspecto negativo en la vida de este personaje. Buen militar, excelente padre de familia, mejor político – esto al que sus adversarios llegaron a llamar “el judas de Arjonilla”por sus reiteradas traiciones- y un brillante capitán general de Cuba, del que no se cuenta, por ejemplo,  las comisiones que cobraba por el tráfico negrero, como han narrado otros historiadores, ni sus vinculaciones con la “sacarocracia”  que dominaba la política antillana.

¿Por qué aparece este “síndrome de Estocolmo” en unos historiadores y en otros no?. Isabel Burdiel y Anna Caballé ha escrito mucho y bien  sobre la teoría y la metodología de la biografía. Nosotros, sencillamente creemos que la razón está más que en la pericia o impericia de biografiador, en el erróneo planteamiento metodológico con el que algunos comienzan su investigación biográfica. Los historiadores, como decía Edmundo O´Gorman,  no se deben convertir en jueces del pasado, sino en “contadores” de la realidad que ofrecen los documentos que manejan, pero poniendo siempre por  medio ese “distanciamiento escénico” con el que  Bertolt Brecht marcaba en sus obras teatrales para que luego el público pudiera reflexionar sobre lo que había visto de una manera crítica y objetiva. Este es el reto, reconstruir la vida de un personaje sin el más mínimo apasionamiento o simpatía,  para que luego sea el lector el que saque sus propias valoraciones o conclusiones. Los afectos para la familia y los amigos.

“Apóstoles y asesinos”, ¿Novela histórica o historia novelada?.

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Acabo de terminar de leer este libro de Antonio Soler y me ha gustado. Sin embargo, aunque el autor lo presenta en algunas de las entrevistas que le han hecho como una novela histórica que tiene como personaje central a Salvador Seguí, el “Noi de Sucre”, uno de los más destacados líderes del anarcosindicalismo del primer tercio del siglo XX, cuando escribo estas líneas creo que más que ante una novela histórica estamos ante una historia novelada. Me explico.

Aparentemente la distinción entre una novela –relato de ficción- y un libro de historia –relato que pretende ser verídico- es manifiesta. Sin embargo, a veces no es tan perceptible como ocurre con esta “novela”, definida así por su autor. Dice Antonio Soler en una entrevista que le he leído,  que con este relato ha pretendido “manipular las técnicas narrativas para quebrar la monotonía del lector”. Lo ha conseguido porque en la mayor parte de la lectura uno tiene la impresión de que estamos  ante un libro de historia en el que el narrador es el propio autor, que se ha empapado de todas las biografías y todas las historias que se han escrito sobre este periodo y los personajes que transitan por él y nos lo cuenta como lo haría cualquier historiador que tuviera también dotes de buen escritor (lo que no siempre ocurre). De hecho,  leyendo este libro me acordaba de dos libros de historia magníficamente escritos que, además, tienen unas temáticas históricas muy relacionadas con el de Antonio Soler: “La Rosa del Fuego” de Joaquín Romero Maura y “El Emperador del Paralelo” de José Álvarez Junco. Esto es, la Barcelona, de las primeras décadas del siglo XX, la deel anarquismo, el republicanismo, la emergencia del catalanismo, los bajos fondos, la policía corrupta, “la ley de fuga”,  una patronal siempre intransigente para resolver los conflictos o el pistolerismo.

Se ha dicho de la novela histórica que los personajes pueden ser creados o re-creados, que sus circunstancias pueden ser totalmente inventadas o acomodadas a ocurrencias reales, que la trama puede ser completamente ficticia o reelaborada a partir de datos concretos y que  el autor puede tomarse todas las licencias que pueda ofrecerle su imaginación. En pocas palabras, que la libertad del escritor es total. Desde este punto de vista es evidente que “Apóstoles y asesinos” no es una novela histórica.

Por otra parte, se ha definido la historia novelada como “un género que pretende fabricar narraciones históricas al tiempo que utiliza la ficción literaria para completar las informaciones que no se encuentran  debido a la carencia o limitación de las fuentes”. Y es que muchas historias noveladas parten del reconocimiento de sus autores de que las fuentes disponibles son insuficientes para contar una historia, y por ello asumen la licencia de inventar lo que falta construyendo una narración complementaria que permita suplir lo que las fuentes tradicionales de la historia no proporcionan. “Apóstoles y asesinos” entran perfectamente dentro de esta categoría. No obstante, al margen de estas cuestiones teóricas, lo que este libro hace es un relato bien construido sobre el nacimiento de la CNT, la aparición de las dos grandes tendencias que marcan la historia de esta organización –la pragmática y la radical-, sus principales dirigentes catalanes y cómo se les combatió desde los aparatos policiales. Está claro que los “apóstoles” son personajes como Seguí, Pestaña, Layret o Companys y los “asesinos” son los pistoleros menos conocidos de los llamados “sindicatos libres” , policías como Bravo Portillo y,  sobre todo,  el dúo criminal de Martínez Anido y Miguel Arlegui, los dos generales que inventaron y ampararon la llamada “ley de fugas” desde el Gobierno Civil  para asesinar a los militantes cenetistas, con el pretexto de que querían “escapar” de la policía cuando ya habían sido detenidos. Más discutibles me parecen las elucubraciones finales del libro sobre la presunta tendencia de Seguí a participar en política si no le hubieran asesinado antes o el etéreo acercamiento a los “sindicatos libres” para acabar con los pistoleros de las dos partes. No obstante, es un libro que se lee bien con páginas magníficamente escritas como el capítulo que dedica a la mítica huelga de La Canadiense, la compañía que suministraba la electricidad a Barcelona o las descripciones de algunos tiroteos que parecen estar sacadas de las mejores novelas o películas sobre los gánsteres americanos.

Una entrevista en la que Antonio Soler habla sobre el libro, aquí

Un breve artículo de prensa sobre novela histórica e historia novelada, aquí

Un breve, pero impresionante discurso de Juan García Oliver, autodefinido como uno de los reyes de la pistola obrera de Barcelona, aquí

El Valle de los Caídos. La opinión de Julián Casanova que comparto

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“El Valle de Franco

El Consejo de Ministros del Gobierno de Rodríguez Zapatero creó el 27 de mayo de 2011 una Comisión para que emitiera un informe sobre el Valle de los Caídos. En ella, había algunos historiadores (expertos y competentes en el estudio de la represión franquista). Algunas asociaciones de desaparecidos y para la recuperación de la memoria histórica solicitaron que estuviera yo entre ellos, en representación de las familias de las víctimas, pero desde el Ministerio de la Presidencia no lo aceptaron. Y negaron mi presencia por dos veces. Lo esencial no era que estuviera yo o no, sino que no atendieron la petición de las familias de las víctimas del franquismo de que hubiera alguien representándolos.

Unos meses después, el 20 de noviembre, hubo elecciones, las ganó el PP, los presidentes de la Comisión presentaron el informe el 29 de noviembre y al día siguiente, el vicesecretario de Comunicación del PP, Esteban González Pons, declaró que su partido no pondría encima de la mesa “temas complejos, conflictivos y que dividen” como ese, porque “lo que le importa a los españoles es el paro, no Franco”.

Un juez ha ordenado ahora desenterrar, identificar y entregar a la familia los restos de los hermanos Manuel y Antonio Lapeña Altabás de Calatayud, asesinados en 1936 -registrados, según aparecía ya en “El pasado oculto”, en Villarroya de la Sierra, el primero el 14 de agosto y el segundo el 20 de octubre -y cuyos restos fueron robados de la fosa común en la que se encontraban y trasladados en 1959 al Valle de los Caídos.

Esa noticia, resultado de una lucha persistente de su familia -de la nieta y sobrina nieta María Purificación Lapeña-, como luchan otras muchas familias, con menos éxito, abre el camino a la información, verdad, reparación y justicia. Y la información comienza por echar abajo varios mitos/tópicos sobre el Valle de los Caídos. Es hora de que, más de 40 años después de la muerte del dictador, un gobierno democrático aborde qué hacer con ese monumento:

1. El 1 de abril de 1940, el general Francisco Franco presidió en Madrid el desfile de la Victoria que celebraba el primer aniversario de su triunfo en la Guerra de Liberación Nacional. Después de un almuerzo de gala en el Palacio de Oriente, el Caudillo llevó a un selecto grupo de invitados a una finca situada en la vertiente de la Sierra del Guadarrama, conocida con el nombre de Cuelgamuros, en el término de El Escorial. En la comitiva figuraban, entre otras autoridades, los embajadores de la Alemania nazi y de la Italia fascista, los generales Varela, Moscardó y Millán Astray, los falangistas Sánchez Mazas y Serrano Suñer y Pedro Muguruza, director general de Arquitectura. Franco les explicó allí su proyecto de construir un monumento, “el templo grandioso de nuestros muertos, en que por los siglos se ruegue por los que cayeron en el camino de Dios y de la Patria”. Así comenzó la historia del Valle de los Caídos.

2. En realidad, el sueño del invicto Caudillo, convertido en pesadilla de muchos, tardó diecinueve años en realizarse. El Valle de los Caídos fue inaugurado el 1 de abril de 1959, vigésimo aniversario de la Victoria. En esas casi dos décadas de construcción, trabajaron en total unos veinte mil hombres, muchos de ellos, sobre todo hasta 1950, “rojos” cautivos de guerra y prisioneros políticos, explotados por las empresas que obtuvieron las diferentes contratas de construcción, Banús, Agromán y Huarte. Pero poco importaba eso. Aquel era un lugar grandioso, para desafiar “al tiempo y al olvido”, homenaje al sacrificio de “los héroes y mártires de la Cruzada”.

3. En la información que se ofrece todavía al turista, repetida en muchos medios, puede leerse que fue construido “por iniciativa del anterior jefe del Estado, Francisco Franco, como símbolo de paz y como última morada de las miles de víctimas de la Guerra Civil Española (1936-1939)”. En la guía que adquirí en la tienda de recuerdos, publicada por el Patrimonio Nacional ¡en 2007!, se insiste en esa idea: es un Monumento Nacional a los Caídos durante la Guerra Civil y a Franco se le presenta siempre como “el anterior jefe del Estado”.

4. Los restos de esos “miles de víctimas de la Guerra Civil” están depositados, según puede leerse, tras los muros de las seis capillas situadas en la gran nave de la cripta y en las dos capillas que se encuentran en los brazos laterales del crucero. La inscripción que consta en una de estas dos últimas, en la capilla del Sepulcro, resulta menos ambigua: “Caídos por Dios y por España 1936-1939. RIP”.

5. Durante los últimos meses de 1958 y los primeros de 1959 llegaron al Valle de los Caídos los huesos de miles de personas, excombatientes y “Caídos por Dios y por España”, enterradas en los cementerios madrileños de Carabanchel y de la Almudena y en otros cementerios de provincias. Pero se llevaron también allí los restos de varios miles de personas asesinadas por falangistas y militares, durante la guerra y la dictadura, sacados de fosas comunes y cementerios, sin comunicárselo a las familias, quienes, en muchos casos, ni siquiera conocían el paradero de las víctimas.

Los monjes benedictinos, a quienes se les había otorgado el cuidado de la abadía, recibían las arcas con los huesos y anotaban las referencias que constaban de esos muertos. Su número exacto e identidad es un secreto. Puede haber los restos de 34.000 cuerpos, de los que más de 12.000 están sin identificar.

En noviembre de 2007 estuve allí y quise ver esos libros de registro de entrada de los “caídos” y el bibliotecario, señalándome el armario, me dijo que estaba cerrado, que no tenía la llave, que no se sabía el número exacto de inscritos porque nadie había hecho el recuento, que muchos de los registrados aparecían sin identidad y que, en cualquier caso, había otros libros, que él tampoco sabía dónde estaban, que podrían arrojar luz a la investigación. “Debería usted hablar con el abad, pero no se encuentra hoy en la abadía”, me dijo.

6. Los restos del general/dictador que lo mandó construir reposan allí desde el 23 de noviembre de 1975, como él había previsto y soñado, bajo una losa de granito, detrás del altar mayor de la cripta, enfrente de la tumba de José Antonio. Franco ideó el monumento, y así se hizo, para inmortalizar su victoria en la Guerra Civil y honrar sólo a los muertos de su bando, aunque se montara después la farsa de trasladar también allí los restos de algunos “rojos” muertos o asesinados durante esa guerra.

7. Acabada ya la guerra, mientras se construyó ese monumento, “símbolo de paz”, Franco presidió una dictadura que ejecutó a no menos de cincuenta mil personas y dejó morir en las cárceles a varios miles más de hambre y enfermedad, convirtiendo a la violencia en una parte integral de la formación de su Estado. Y debería recordarse, en el recinto ideal para recordarlo, que la Iglesia Católica, recuperados sus privilegios y su monopolio religioso tras la guerra, se mostró gozosa, inquisitorial, omnipresente y todopoderosa al lado de su Caudillo. Eso representa el Valle de los Caídos, la espada y la cruz unidas por el pacto de sangre forjado en la guerra y consolidado por los largos años de victoria.

Es el momento de que un Gobierno democrático aborde la gestión de ese pasado y de ese monumento. Y que permita identificar los restos de aquellas personas asesinadas que fueron trasladados al Valle sin comunicárselo a las familias (a quienes, obviamente, seguían castigando con la persecución cotidiana).

Aclaración final: no se trata de una disputa sobre el pasado, sobre la naturaleza de la dictadura. Se puede ser franquista, postfranquista, neofranquista o lo pensar lo que se quiera sobre la República, la guerra y la dictadura. Pero esta es una cuestión de dignidad, acompañada de información y reparación. Los gobiernos de la democracia no han sabido qué hacer con ese lugar de memoria y exaltación de la dictadura. Algunos incluso se han reído de las víctimas. Habrá nuevo gobierno, veremos de qué signo, y seguiremos igual. Porque las familias están bastante solas en su lucha y una parte importantísima de la sociedad -y de los medios de comunicación- muestran un absoluto desinterés y desprecio.

Yo lo volveré a recordar en esta página y seguiré escribiendo e investigando. Recordar como historiador lo que otros quieren silenciar u ocultar”.

Fuente: https://www.facebook.com/julian.casanovaruiz/posts/488601908002384

En política, dos y dos no siempre son cuatro

Garzón e Iglesias

Se acaba de conocer el resultado de la consulta que Izquierda Unida ha hecho a su militancia y el resultado ha sido mayoritariamente a favor de un acuerdo con Podemos para ir juntos en las listas a las próximas elecciones del 26 de junio. Hoy mismo, además, se ha conocido el último sondeo del Centro de Investigaciones Sociológicas que ha llevado a conclusiones dispares en dos periódicos. Mientras que El País destaca del mismo que “Podemos cae con fuerza y el PSOE se acerca al PP”, en el diario digital Vozpópuli se titula que “El CIS confirma el sorpasso de Podemos e IU al PSOE y una nueva victoria del PP”.

Destaca este último periódico que el 17,7 de Podemos y el 5,4 de IU unidos dan un 23,1 por ciento de votos, que  superarían el 21,6 que la encuesta le otorga al PSOE, convirtiendo a la coalición en el segundo grupo del arco parlamentario. ¿Cómo explicar valoraciones tan distintas?.  Creo que Vozpópuli se equivoca y a lo mejor confunde sus deseos con la realidad. Por lo menos en el ámbito de la política, las matemáticas nunca han sido una ciencia exacta. Tenemos en la historia de la sociología electoral más de un ejemplo en el que el resultado conseguido por dos partidos que iban en coalición nunca llegó a alcanzar la suma de los votos que en las encuestas o en anteriores elecciones consiguieron por separado. Me acuerdo ahora de una plataforma que articuló Maragall en una de las elecciones catalanas a las que se presentó y en la que iba el PSC y otros grupos,  que terminó en un fiasco y también del acuerdo electoral que a última hora se firmó en las elecciones del año 2000 entre el PSOE y la IU de Francisco Frutos –sin retirada de candidaturas- que también acabó como el rosario de la aurora. Es lo que  pienso que podría ocurrir el 26 de junio si el pacto Podemos-IU llega hasta el final, con candidaturas conjuntas incluidas y papeleta electoral con las siglas de los formaciones.

Y es que según la última encuesta,  Podemos muestra  una tendencia a la baja e IU al alza y en un escenario político-electoral tan volátil como el que tenemos no todos los votantes que lo hicieron por separado a Podemos e IU ahora pueden aceptar de buen grado esta coalición electoral. No conviene olvidar, por ejemplo, lo que ocurrió en Madrid y la estrategia de Podemos en esta Comunidad hacia la federación regional de IU,  con episodios de trasvase de candidatos incluidos. Creo que hay electores de Podemos que lo votaron creyendo que representaban algo nuevo y a los que a lo mejor la coalición con IU les chirría y, en sentido contrario, votantes de IU que aguantaron el tipo en las anteriores elecciones y que ahora no ven tan claro el acuerdo,  en un momento claramente ascendente para su coalición. En definitiva, podemos decir que a estas alturas, todo está en el aire y, sobre todo, porque no sabemos cómo se va a producir la integración de Podemos e IU en las distintas candidaturas provinciales. En el caso de Cádiz, la prueba del algodón será el nombre del candidato o la candidata que ocupe el segundo puesto de la misma. Será el que nos dirá quién es el que gana y quién es el que pierde con el acuerdo.